Donde se encuentra el Punto G

By | 29 noviembre, 2015

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Fue algo repentino: por primera vez, sentía. No era el orgasmo de otras veces. Era mucho más: una salvaje oleada de espasmos que surgían desde mi fuero interno, sacudiéndome, torturándome, volviéndome loca de gozo, Abrí los ojos y vi el rostro de Roberto junto al mío. Sonreía, ‘parece que lo encontramos’, dijo. Asentí. Porque yo estaba segura: habíamos encontrado el punto G. (Bárbara, ama de casa, 35 años.)

“Digan lo que digan los señores médicos, lo cierto es que yo eyaculaba igual que los hombres. Cuando alcanza mi punto más alto, una substancia fluye copiosamente de mí, en pequeños chorros violentos. Y estoy segura que eso tiene que ver con el punto G.”(Ana María, geógrafa, 40 años.)

“Había tenido muchas relaciones, pero nunca conocí el orgasmo. Hasta que Pedro me enseñó lo del punto G. Mi vida cambió desde entonces. Ahora puedo decir que soy multiorgásmica. Con Pedro y con quienes saben ese delicioso secreto” (Jaqueline, profesora, 29 años.)

Para innumerables personas, el punto G ha constituido la más importante revelación sexual de toda su vida. Aún así, la medicina tradicional continúa ignorándolo y descuidando sus posibilidades, no obstante ser un descubrimiento clínico que tiene varios siglos de realizado.

Seguramento nuestros lectores han leído acerca de esto. El punto G, o punto de Grafenberg, es una zona de la vagina que estimulada convenientemente, tiene la extraordinaria virtud de producir en su propietaria los más intensos orgasmos, algunos de ellos acompañados de eyaculación.

Espina dorsal de la sexología de los ochentas, el punto G representa, según especialistas, uno de los mayores descubrimientos científicos. Tanto así, que los habitantes del futuro nos tomarán como idiotas al saber que no conocíamos tan evidente secreto.

Y no es para menos, considerando que esa área orgánica forma parte de la estructura corporal femenina y que, además, es muy fácil de explorar y estimular. Como en materia de bombas y exploración espacial, el punto G debe su conocimiento público a un alemán: el doctor Ernst Grafenberg, quien a principios de la década de los 50 dio a conocer el resultado de sus investigaciones en un libro escrito al alimón con el norteamericano Ribert Dickinson titulado ‘Control de la concepción’.

Grafenberg, paciente y entusiasta analizador de vaginas, había dedicado gran parte de su vida a confirmar antiguas tesis médicas: por ejemplo la de Aristóteles y Galeno, que en su momento se refirieron a una suerte de eyaculación femenina, provocada por estimulación en el interior de la cavidad vaginal. En el siglo XVII, el anatomista Regnier de Graaf, autor de un tratado sobre órganos sexuales de la mujer, describió una zona glandular, de tejidos y terminaciones nerviosas, equiparable a la próstata masculina: una especie de cuerpo prostático, esponjoso, no desarrollado del todo, que secreta líquidos, es eréctil y hace más lujuriosas a las mujeres.

Tiempo después, en el siglo XIX, Skene, otro médico, llega a similares conclusiones, estudiando acuciosamente las glándulas de la uretra.

En los años siguientes, sólo unos cuantos investigadores eligieron ese derrotero, por un lado porque había gran resistencia a indagar los fenómenos de la sexualidad; y, por otro, porque en los años cincuentas se dio por descontado que el eje de la excitación sexual de la mujer se centraba exclusivamente en el clítoris, según lo afirmaban los estudios de Master y Johnson.

De ese modo, las afirmaciones de Grafenberg, como ha ocurrido con muchas en la historia de la medicina, permanecieron ocultas en el sótano de la indiferencia, hasta que en 1980 otros estudiosos como Ladas, Whipple y Perry las pusieron a flote con argumentos de peso.

De acuerdo con estos tres médicos norteamericanos, autores de un célebre libro sobre el particular, el punto G se encuentra localizado exactamente detrás del hueso del pubis, en el interior de la pared frontal de la vagina. Suele estar a medio camino entre la parte posterior del hueso del pubis y la cara anterior del cuello del útero. a lo largo de la uretra -el conducto a través del cual se orina- y junto al cuello de la vejiga, mediante el cual éste se une a la uretra.

Si lo anterior no basta , podríamos ser más precisos:

Imaginemos un pequeño reloj al interior de la vagina, marcando las doce en dirección al ombligo. Casi todas las mujeres localizan el punto G en la zona comprendida entre las 11 y la 1. Y a diferencia del clítoris, que emerge del tejido circundante, el punto G se haya profundamente inserto en la pared vaginal y a menudo es necesario presionar con firmeza para localizarlo en su estado no estimulado.

El redescubrimiento del punto G, dilucidó simultáneamente la vieja controversia de una eyaculación femenina, al estilo de la masculina, con potente descarga de líquidos en muchos casos. Tal idea, enérgicamente rechazada por los clínicos, fue confirmada por el testimonio de cientos de mujeres que se sometieron a una encuesta.

De ahí para acá, el esfuerzo de terapeutas y divulgadores de la sexología se ha orientado a ilustrar a las personas respecto al punto G, que presenta algunas particularidades, dignas de ser conocidas por los atentos y curiosos lectores de SexoConsulta.

Para empezar, la localización de esta zona no resulta fácil para la mujer. De hecho, se recomienda que su búsqueda sea desarrollada con la ayuda de la pareja, empleando los dedos en palpaciones longitudinales.

Invisible e inadvertido a las primeras incursiones, el punto G se va manifestando de manera paulatina, a medida que se le estimula.

Cuenta una señora:

“Al principio, no pasaba nada. Pero después empecé a sentir una pequeña molestia. Mi marido, sin embargo, no se detuvo. El sentía que algo estaba creciendo y poniéndose duro. La verdad es que, desde ese momento, dejé de escucharlo, pues lo que vino a continuación fue una verdadera cadena de orgasmos, como nunca había experimentado.”

Es posible que, por años, el punto G no sea reconocido, toda vez que puede estar muy oculto por tejidos membranosos. Al mismo tiempo, se cree que sólo un pene de grandes dimensiones, en una cópula de muy larga duración, lo excitaría convenientemente en la posición del misionero.

Por lo tanto, se ha enfatizado en lo relativo a la postura sexual, de lo cual se sugiere que las posiciones más convenientes son la del misionero, con las piernas de la mujer descansando en los hombros del varón; la mujer sentada sobre el hombre; y la de la mujer en posición cuadrúpeda. Esta última, por cierto, es la postura que mejor permite la estimulación adecuada del punto G, cualquiera sea el tamaño penano.

Pues, como reconoció una amiga nuestra:

“Aunque me resistí en un comienzo, finalmente acepté el cambio de posturas que me sugería mi pareja y, a regañadientes, acepté la de perrita. Me sentía un tanto humillada. Pero de repente sentí ese orgasmo largo, interminable y espléndido que sacudía todas las fibras de mi ser. Ahora , les digo con sinceridad, vivo en el orgasmo perpetuo, sin sentirme humillada de ninguna manera.”

Claro que estas son experiencias de terceros. Lo importante es que usted, con esta información y las que recibe de otras fuentes, se ponga su traje de explorador sexual, es decir el de Adán, y vaya en pos del punto G.

No tema, todo lo que puede ocurrirle es bueno. Si usted es mujer, le esperan las llamaradas de un placer inenarrable. Si es varón, tendrá la satisfacción de convertirse en un amante inolvidable.

Adelante pues, el punto G lo está aguardando impaciente en la recámara.

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