Joven secretaria de una agencia de publicidad

By | 29 noviembre, 2015

Una joven secretaria, rubia, espigada, de agradables modales, me acompañó hacia el despacho. Al andar, sus pequeños senos titilaban bajo la blusa en armónico ritmo con el leve movimiento de caderas.

Abrió la puerta y, haciéndome pasar, la cerró tras de mí.

La habitación era lujosa. En las paredes lucían cuadros de vistosos marcos y el suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra y numerosos muebles en que se destacaban cómodos sillones y un diván muy confortable. Grandes ventanales mostraban el enorme parque -pulmón de la ciudad- y los elevados edificios vanguardistas. Un sistema de aire acondicionado suministraba agrado y frescura al anbiente.

Sentado frente al escritorio, el maldito simuló no enterarse de mi presencia y continuó enfrascado en sus papeles.

Con la carpeta en la mano, quedé de pie frente al escritorio mirándolo, pero él ni siquiera se dignó a levantar los ojos. Entonces, le dije:

-Bueno…, ¿y qué hago?

El, sin levantar la mirada, me ordenó:

-Desnúdate.

Para darle en el gusto, lo hice, tomándome algún tiempo. Ni siquiera por eso me miró. Fuí dejando mis ropas ordenadamente en el sillón próximo. Lo último que deposité en él fue el sostén.

Cuando estuve totalmente desnuda, tomé de nuevo la carpeta y le dije:

-Ya, estoy desnuda.

Levantó los ojos entonces, y casi se le saltaron de las órbitas.

Su rostro adquirió una expresión estúpida y su boca, semiabierta, pareció a punro de babear.

Se quedó mirando mis turgentes pechos. Con la cara congestionada, temblándole la barbilla, fue bajando la mirada hasta encontrarse con la castaña realidad de mi triángulo púbico. Tragó saliva y bajó más los ojos, hasta los muslos.

Luego regresó hacia arriba, dándose todo el tiempo que le fue necesario para recuperar cierta calma, hasta encontrarse con mi rostro.

-Vaya… vaya….. -dijo.

Yo me quedé quieta, contemplándolo fijamente. Entonces, él se levantó del escritorio, lo rodeó sin demasiada prisa, más bien con cautela, y me enfrentó.

Era un fulano alto, de espaldas anchas, del tipo que a mí me habría gustado en otras circunstancias. Ya junto a mí, alzó lentamentes sus grandes manotas y con los dorsos velludos fue rozándome el cuerpo, desde los muslos, el vientre, los pechos y se detuvo en mis pezones.

-Vaya….. vaya… -repitió.

Aunque había comenzado a electrizarme , le dije:

-Parece que el “vaya,vaya”, es el idioma de esta empresa.

Se rió, mientras daba vuelta las manotas, ansiosas por agarrar mis senos. Tenía unos dientes amarillos, manchados de nicotina.

Ya firmemente asido, me dijo:

-Eres todo un primor, muchacha. Pero deberías dejar esa carpeta sobre el escritorio. Sería mucho más conveniente para los dos.

Le obedecí y me fuí hasta el diván. Al recostarme alcé una de mis piernas. Lo miré insinuante.

-Estas cosas son mejores sin ropa – le dije. Abrí con lentitud las piernas para que él viera plenamente lo que había entre ellas. Después, humedecí calculadamente un dedo y acaricié el borde de mis labios mayores.

El, jadeante, con rapidez, se desprendió de la fina camisa y de los pantalones de casimir, enredándose por su prisa en los zapatos. Al acercarse, parecía que su sexo -un pedazo largo, gordo y cabezón- se adelantaba agresivo. Cuando estaba inclinándose sobre mí, cogí su órgano desde la base y subí el terso prepucio el glande.

El suspiró.

Repentinamente, levanté la rodilla y le di violentamente, de lleno, en los enormes testículos.

-¡Hijo de puta! -le espeté.

El se encogió acusando el golpe, No podía disimular lo que sentía. Dando saltos como de canguro, con las manos ahora bien ocupadas, comenzó a retroceder. Tenía el rostro enrojecido y congestionado de dolor.

-¡Puta de mierda! – gruñó sin aliento- ¡Puta!

Mientras se sobaba, me fuí vistiendo apresuradamente. Esperé que dejara sus contorsiones y le dije:

-Es mejor que te vistas y leas lo que hay en la carpeta, imbécil.

Cosa extraña. Luego de mirarme unos instantes, obedeció.

Cuando se acercó al escritorio seguía aún apretándose los testículos. Pensé que durante todo un mes el cerdo estaría fuera de combate, orinando sangre.

Abrió la carpeta y al ver la firma de don Alejandro, en que ordenaba mi inmediata contratación, casi se desmayó. Sólo atinó a decir:

-Podía habérmelo dicho antes, señorita Camacho…

Yo me reí.

-Quería saber como funcionaba esta empresa y conocer a quien entregaré mi talento.

Aunque el hombrón se seguía sobando, se las arregló para mostrarse cortés.

En brusco ademán me alargó una de sus manos velludas, diciéndome:

-Jorge Iverry, asistente de producción, a sus órdenes…. Todos me llaman Georgie…

Aunque la mano venía ahora sin ánimo de manifestaciones eróticas, acepté el saludo ayudándole, en cierto modo, a soportar uno de las punzadas que alteraban, a ratos, su compostura.

Me reí en sus barbas.

-¿Georgie, eh?…Ahora resulta que eres gringo. ¡Hijo de puta, querrás decir! Lo que debes tener en claro es que desde hoy quedas bajo mis órdenes. He sido contratada como Directora de Fotografía, así que anda tomando las medidas para ponerme una buena oficina. Luego me llevaras a recorrer las oficinas.

Miró la hojas para memorizar mi nombre.

-Sí …, sí…, señorita Camacho -balbuceó.

Estuvo unos segundos más afirmándose con las manos en el escritorio. Después, como si experimentara un ataque de apéndicitis aguda, me dijo:

-Acompáñeme, por favor.

Por una puerta lateral, salimos al corredor del fondo. Todo era lujoso ahí. Habían florecillas pintadas en las paredes y, en las salas, numerosas secretarias, elegantes y sexies, trabajaban mirando la pantalla de sus computadores.

Caminamos por el corredor, sin prisa. Al final, llegamos a una puerta que decía: Director de Fotografía.

Miré al tal Georgie.

-Mañana quiero mi nombre en letras grandes y bonitas -le dije-. Y te encargarás personalmente de que quede bien.

-Sí, sí, señorita Camacho.

Así fue como me incorporé a la primera agencia de publicidad del país.

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